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“I AM SPANISH, SPANISH, SPANISH…” O REFLEXIONES SOBRE LA COPA DEL MUNDO DESDE LONDRES

Es gracioso que la primera vez que fui a bañarme a una fuente para celebrar la victoria de un equipo de fútbol no fue la del club del que soy aficionado, de cuyos triunfos fui en varias ocasiones testigo sin … Sigue leyendo

Evelyn Holly, Phil y Paul: Viva España.

Hola amigos!

Quería aprovechar este post para anunciaros que vuelvo a Madrid el 7 de agosto, para aquellos que no lo supiérais ya. Aparte de esta noticia, también me gustaría contaros un poco este último mes en el que lo más destacable fue nuestro viaje a Michigan y la experiencia del Mundial desde un país en el que nuestro sagrado deporte, aunque cada vez más notorio, no tiene un interés tan grande.

Desde antes de que empezara el verano teníamos en la cabeza la idea de un viaje por EE.UU. Nuestras pretensiones iniciales eran enormes: estar unas tres semanas en la carretera e intentar llegar lo más al oeste posible, hasta California. Claro está, contabamos con encontrar trabajos que financiaran tal aventura. Eso no se dió, y se sigue sin dar, por lo que tuvimos que acotar nuestras expectativas. La propuesta que nos había hecho nuestra amiga Jamie de enseñarnos el estado de Michigan, de donde ella es, en un viaje de carretera desde Nueva York nos pareció buena cosa.

Tomamos la decisión e hicimos los preparativos mientras el Mundial comenzaba, yo me daba cuenta de que parte de nuestro viaje iba a coincidir con las fases finales y tenía sentimientos enfrentados. Que un tío educado, de letras como yo, haga ascos a un viaje exótico por ver partidos de jurgol parece cañí y una involución pero, a la vez, el snobismo de decir que a mí me da igual, “es sólo un partido de fútbol” me parecía deshonesto. Por eso, hice lo posible por ver uno de los dos partidos de  España que me podía perder, el de Portugal, el de Paraguay no lo ví, así como otros partidones de octavos  y cuartos que se me caían las lágrimas al pensarlo. Por supuesto, a la vuelta vi las semis y la final en mi templo del fútbol con un seguimiento espectacular.

De cualquier manera, alquilamos un coche enorme, un Chevrolet Impala nuevecito, y nos dirigimos a Michigan, teniendo que cruzar en nuestra ruta interminable New Jersey, Pennsylvania y Ohio. El viaje es una odisea, si lo conduces del tirón son como unas 13 horas. Con paradas y demás es como 18. Total que al día siguiente de salir -hicimos noche en un motel de carretera- llegamos a la rural y profunda Michigan. Verde, con bosques y cultivos inmensos y con una sobrepoblación de ciervos enormes, todo a lo grande. Descansamos un día, y Nana y yo hicimos un viajecito a Chicago. Allí, aparte de disfrutar de la arquitectura que la hizo famosa, disfrutamos de la experiencia del hotel americano, con una atención espectacular, servicio de habitaciones muy asequible y lujos un tanto kitsch pero reconfortantes. Chicago es una ciudad para vivir, mucho más habitable que Nueva York, espectacular espacialmente y acogedora. Sus puentes innumerables sobre el río Chicago y lo infinito del lago de Michigan aportan mucha tranquilidad.

De vuelta a Michigan iniciamos la parte salvaje del viaje tras una pequeña visita a East Lancing, donde se encuentra la Universidad del Estado de Michigan. Nuestra amiga Jamie estudió en su campus , el cual recuerda a Harvard por ser urbano y por sus reminiscencias inglesas, muy cómodo, elegante y acogedor.

Nos dirigimos en una ruta larga hacia el norte, hicimos noche en un camping familiar americano, el típico que Yogui asaltaría. Empezamos a conocer la barbacoa americana así como la cultura adolescente de la america profunda gracias al hermano de Jamie y  a su irresponsable, loco y titán amigo Brett.

Seguimos hacia el norte, y cruzamos un puente enorme para acceder a la península superior. El puente salvababa el estrecho donde se unen el lago Michigan y Hurón los cuales flanquean la península inferior de Michigan. La idea  era llegar al Parque Nacional de Pictured Rocks, el cual hace orilla con el Lago Superior, el más al norte y frío de los Grandes Lagos. Tras atravesar un bosque tan virgen que parecía selva, nos refrescamos en sus aguas. Éstas son turquesa como las caribeñas y bañan playas de arena fina molida por sus mareas. El tamaño de estos lagos es espectacular, en realidad son mares de agua dulce.

En la vuelta a Chasening, hogar de la familia de Jamie y punto neurálgico en nuestras aventuras michiganianas, paramos en Boyne City, donde disfrutamos del celebración del 4 de julio con la familia de Jamie. Nos llevaron al lago Charlevoix donde hicimos una modalidad de eskí acuático que llaman tubing, que consiste en ser arrastrado por una motora mientras uno se sienta en un flotador gigante con agarraderas.

La familia fue encantadora y nos trataron de lujo. Destacaré al tío Gary, un granjero que luego trabajó construyendo carreteras y finalmente coches, por su amabilidad y calidad humana especial. Me sorprendió la humildad y sencillez de la clase trabajadora americana. Hablan con carisma y lo que en algunos casos pudiera considerarse falta de maneras en realidad es naturalidad.

En la vuelta a casa, paramos en un sitio muy especial: Punxsutawney, Pennsylvania. Para quien no lo sepa, es el pueblo que da vida a la película llamada ” Atrapado en el tiempo” o Groundhog Day (El día de la marmota) protagonizada por Bill Murray y Andie McDowell allá por el año 92. Curiosamente celebraban el Festival de la Marmota, distinto del Día de la Marmota, el 2 de febrero, en el cual la marmota Phil predice cuando empezará la primavera.

Allí vimos que las  ferias de pueblo son casi iguales en todos los lado: atracciones, puestos de comida, de hippies y chorraditas y algún conciertillo. Si bien todo tenía su toque vernáculo. Mientras degustábamos unos ramplones tentempiés, unas señoras se sentaron a  nuestro lado tras un gesto por nuestra parte para compartir un banco. A mi lado se sentó la patriarca Evelyn Holly, natural de Nashville, Tennessee, de 81 años, la cual me propinó con enseñanzas en clave proverbial sureña. Me explicó cómo ella había aprendido que “nunca digas nunca”. En su opinión, esa fue la manera en la que se predestinó, casi como un hechizo, a vivir en la aparentemente desaborida Summerville, Pennsylvania, y casarse con un hombre de un apellido tan vulgar y común como Smith. Tras haber vivido felizmente casi 60 años en Summerville junto a Mr. Smith, concedía que uno puede ser feliz y tener una buena vida en casi cualquier sitio. Yo no podía estar más de acuerdo con ella. He sido feliz en Nueva York y podría seguir siéndolo, de eso no hay duda. Si bien, yo tengo la capacidad de elegir que Evelyn, por su amor y fidelidad a Mr. Smith, no tuvo. Hay decisiones que resultan, que no es que sean, más acertadas que otras. Creo que sólo podríamos tomar decisiones irrefutablemente buenas si tuvieramos el poder predictivo de Punkxutawney Phil o de esa repentina celebridad, el pulpo Paul.

Una vez finalizado el periplo por América, el Mundial y ya sólo a la espera de volver a España, espero que el contacto con estos animales oraculares haya sido contagioso. O si no, que se me ha haya pegado algo de la sabiduría de Evelyn Holly, la cual decía que hay que “esperar”  o “desear” hacer algo o no hacerlo, ya que si juramos hacerlo o, por el contrario, que nunca lo haremos,  podemos estar echándole un envite al destino que acabaremos perdiendo con toda probabilidad.

Deseo y espero muchas cosas de volver a España, aunque no sea una decisión definitiva, sobre todo, deseo que todo vaya tan bien que no tenga motivos para marcharme para así estar con mi familia y mis amigos.

Hasta pronto

Extraño extrañando

Hola amigos!

Han pasado dos o tres meses desde mi última entrega. Las razones son dos: la falta de tiempo y, a la vez, no haber hecho la digestion de los hechos necesaria para poder narrarlos. Sin embargo, aunque ya haya sido capaz de incluirlos en una narración más o menos conclusa, las memorias de esas vivencias son fogonazos visuales inseparablemente vinculados a una impresión etiquetada más una batería de opiniones. Intuyo que éste es un funcionamiento normal de la memoria que sirve para construir nuestras líneas vitales, no obstante, cuando uno está o siente estar inmerso en lo exótico-quizás sólo sea una de las etiquetas mencionadas-, este proceso se revela imprescindible, marcando de alguna manera el bienestar, la adaptación o comodidad de uno en un ambiente extraño.

Enumeraré mis recuerdos:

Una noche fui a un bar quasi-clandestino a ver performances y conciertos. El bar regentado por la tropa artística, sin un encargado destacable, ofrecía espectáculos fuera de lo común. Tuvimos la suerte de ver a una bellísima chica japonesa con el cuerpo pintado desarrollando una actuación en la que buscaba evocar lo fortuito y lo involuntario en los lazos personales. Esos lazos eran representados con cadenas y esposas que la chica anclaba a las muñecas de algunos asistentes. Mientras disfrutaba del espectáculo, una amiga dirigió mi atención a otro cuerpo desnudo. Se trataba de un señor de unos 60 años en pelotas y con deportivas. Por supuesto, necesité una explicación. Se trataba de un señor, bien conocido en esos ambientes, que tiene la costumbre de desnudarse cuando llega a los bares. Su cuerpo de por sí no era muy agraciado y se le sumaba el hecho de que tenía un cojón hiperinflamado que le engullía hasta el pene. Dantesco. Este señor se sentaba directamente en sus posaderas sobre el banco corrido que todos los asistentes compartíamos. Nadie parecía molesto/a  o avergonzado/a. De hecho este señor contribuyo al final del show de la japonesa, sin aparente planificación previa, liberando las esposas de todos los que habían sido enlazados. He de decir que también se ocupo de la barra por momentos y que quizás escondiendo la parte baja, y a sabiendas desnuda, de su cuerpo detrás de la barra, el rubor alcanzaba su expresión máxima en mi. Ah! la música fue muy tripi aunque interesante.

Otra memoria es la graduación de Nana. Fue en Radio City Hall, un enclave de lujo, la verdad. El atuendo que han de vestir los estudiantes graduados para este evento es hiriente, todo sea dicho. De cualquier manera el día fue bonito, soleado y bien acompañado, todo bajo una esfera de amor, satisfacción y éxito ciertamente contagiosa. Quizás sólo los europeos presentes mostraron desde el inico un poco de escepticismo, al que también podríamos llamar exotismo.La ceremonia fue magna en su propuesta estructural: miles de alumnos recibiendo honoros por parte de la Decano y todo el profesorado de la facultad de Nana en el escenario que han actuado tantos grandes y tan habitualmente. Nombremos a Leonard Cohen, Bob Dylan, Tom Jones, etc… Todo ello con miles de familiares ansiosos y emocionados. Pinta bien. El problema empieza cuando dan discursos y cuando eligen a una banda de futuros triunfitos– para qué un coro bien entrenado como harían esos europeos vejestorios- para entretener cada 20 minutos con versiones acarameladas y con episodios de estrellazgo trascendental, eso creen, de clásicos de la música popular americana, que para nuestro mayor deleite fueron reproducidos momentáneamente en formato popurri. La fiesta posterior fue cojonuda, mucho más íntima porque la redujimos al grupo de amigos y acompañantes y, por supuesto, los españoles más los dos hijos de un leñador de Michigan fuimos los últimos en retirarnos de una celebración que acabo en Brooklyn.

La memoria más cercana ocurrió solo hace unos días. Fuimos a otro concierto de un grupo, con varios integrantes daneses, de rock electrónico. Muy guapa la música, la particularidad del asunto consistía en que, justo delante del escenario, se desarrollaba otra de esas performances, en este caso consistente en un cinturón de personas haciendo aeróbic bajo las instrucciones de un guapo y engreído monitor- no lo digo por celos, es que se quitó la camiseta-. Previamente habíamos ido a cenar con unas amigas y en algún momento discutimos, un poco acalarodamente, sobre tanto las costumbres higiénicas como culinarias americanas, en general, y neoyorquinas, en particular. Mi postura, sobra decirlo, era un tanto negativa, y no sólo por el snobismo europeo y español en cuanto a temas higiénico-gastronómicos, sino porque estaba un poco quemado con América por el cúmulo de acontecimientos que se habían dado la semana previa: el exterminador me anunció que todos nuestros vecinos tenían ratones, remarcando como posible causa su desapego por el orden y el jabón, y que podía ser que nosotros nos vieramos afectados- oh! cielos-; cuatro días, después de llevar 22 seguidos trabajando del tirón, tuve un conflicto laboral que resulto en mi primer despido de un trabajo, en el que encima no me pagaban. Por lo tanto, mientras “disfrutaba” del concierto, mis impresiones en conjunción con el estado de mi alma, eran una marmita. Tenía, como dicen aquí, sentimientos cruzados (mixed feelings). Aunque la música me gustaba y aunque encontraba cierta belleza en la marea de piernas en movimiento producto de una grupal bicicleta en decúbito supino, el resultante olor a pies, aún denso, era esclarecedor, evocaba una cierta incomodidad.

Sí, amigos, la nostalgia es una hiena, es carroñera, se ceba con lo débil, lo decadente. Se alimenta de la miseria para crecer y así rendir tributo a su ídolo controlador: el hogar. Por fortuna, la nostalgia siempre tiene que batirse, o sopesarse, con el exotismo, con esa fascinación por lo ajeno, o más bien por la distancia que sentimos con nosotros mismos porque, aunque aprendamos superficialmente sobre “el otro”, le utilizamos como un espejo que nos retrata. Es sólo nuestra decisión decidir si esa imagen especular es fiel a lo que eramos o si, de alguna manera, ya incorpora algo desconocido e incómodo, ya hemos cambiado. He aquí la grandeza de la polisemia de la palabra extrañar, que si bien puede indicar echar en falta algo conocido, a la vez ilustra la acción de no reconocer el presente, en el cual, al tratarse de nuestra experiencia, inevitablemente también está el pasado.

De aquí a unos meses tendremos que tomar una decisión: o quedarnos aquí o volver a España. Debo reconocer con igual dósis de alegría que de pesar que, de todas las posibles maneras, os extraño.

Siempre vuestro,

El Kevin

LONDON ACTUALLY

HOLA MUCHACHADA!!!

Es curioso cómo a veces ciertas casualidades, simples coincidencias que en sí no tienen la más minima importancia, vienen a convertirse en lo que consideramos grandes acontecimientos de nuestra existencia. No diré que me di cuenta de ello por primera vez, sería excesivo, el día en que, mirando melancólicamente los escaparates de Oxford Street desde el segundo piso de un autobús, caí en la cuenta de que la única chica con la que había estado en Londres, a la que poco a poco y sin apenas darme cuenta empezaba a ver como “mi chica”, acababa de dejarme justo en el día en el que se cumplía un año de mi llegada a la ciudad. El jodido 7 de marzo. Lo gracioso es que es que ello resultó ser una especie de alivio en la medida en que añadía un punto dramático a la historia que, en mi mente, recreaba lloriqueando a mis amigos. Un alivio, he de ser sincero, de poca utilidad en las amargas vueltas a casa que aún quedaban por venir.

Esta historia de infeliz final no es, por dolorosa que haya sido, más que una las anécdotas que podría contar sobre mi vida en Londres. Anécdotas o casualidades que, ya sea por su carga emotiva, por su trascendencia vital o simplemente por su comicidad son las que van a construir el relato sobre mis experiencias ante los que, conscientes de mi ausencia y llevados por el afecto, por la curiosidad o por la simple cortesía me preguntarán cómo me fue en Londres. Todos los que hemos reencontrado a alguien que vivió lejos por un tiempo hemos hecho preguntas del tipo “¿qué tal en…?” y aquél que se ha visto en la vicisitud de responderlas ha tratado, si es ante sus amigos, de hacer el esfuerzo de resumir un año en un discurso, en tres frases si es ante conocidos y en una simple anécdota al azar si es ante otras personas; bien pudiera valer, en mi caso, la que refiero en el primer párrafo.

Yo, seamos sinceros, si dispusiera de horas y de un público atento y muy paciente, hablaría de las noches en que salimos a quemar Londres y volvimos a casa pronto y sobrios, de las noches en que salimos por salir y acabamos pagando veinte libras por entrar a una discoteca a las cuatro de la mañana, de las peleas con éstos, de la gente con la que traté, de mis decepciones con las mujeres, de lo orgulloso que me siento de mi dubitativo inglés y de los esfuerzos que, mermados por mi incurable inconstancia, he hecho por inmiscuirme en la cultura inglesa.

Pero todo ello no daría cuenta de lo que, realmente, ha sido mi vida en Londres, no daría cuenta de los actos cotidianos, de las pequeñas luchas diarias sin más sentido que el vivir el día en el que me he levantado. Recuerdo que un amigo, tomando unas birras en Camdem, me dijo que para él era más importante un supermercado que un museo (quizá no fue así, pero él me entenderá). Creo recordar que en ese momento le miré con esa expresión de inconformidad que te da la formación académica respecto a todo lo que parezca populachero. Ahora, no dudo en afirmar que si no fuera por los asequibles precios del supermercado de al lado de mi casa, mi vida hubiera sido de un difícil que todos los buenos momentos que he pasado en la National Portrait Gallery, en el pub de al lado del curro o estando con “mi chica” no hubieran aliviado.

Londres, de hecho, ha sido sobre todo la suma de esas rutinas de las que no hablarás a nadie y que son las que hacen de vida lo que es. Aquí he descubierto que los grandes propósitos se construyen a base de pequeños esfuerzos diarios que renuevan esos propósitos que, de otro modo, se quedan en poco más que en una grandilocuente declaración de intenciones. Aún más, me he dado cuenta de que la gran mayoría de esos actos diarios son acciones guiadas por propósitos muy distintos, por mundanas razones que, lejos de contribuir a la construcción de un coherente discurso vital en busca de nuestros anhelos, son, como la vida misma, breves, dispersas e incluso contradictorias. Si se me permite el cometario erudito diré que, como los personajes de Paul Auster, somos seres con nudo pero en los que el principio, esos grandes propósitos, y el desenlace, o la consecución de los mismos, importan bien poco.

Por eso, muchachos y muchachas, no os envío fotos de fiestas ni de grandes acontecimientos, si no de los sitios en los que se ha desarrollado mi verdadera vida, de los lugares que, para mi, son realmente Londres.


La nieve y la Ópera

Hola amigos!

El invierno está siendo largo pero parece que ya llega a su fin. Yo creo que ya he tenido suficiente de las cosas que proporciona habitualmente: recogimiento acumulado, descenso en el volumen de la vida social, incremento de los fluidos propios a las vías respiratorias y, por supuesto, un frío del carajo.

Aquí, en efecto, hace mucha rasca. He pasado mucho frío, eso sí, con cierta satisfacción gracias a que me sorprendía. Por mi córtex  ralentizado y al borde de la congelación discurría un pensamiento bastante absurdo aunque comprensible: “¡Ostias, qué frío. Cómo mola!”

Todas estas cosas te las esperas del invierno pero quizás no tanto otras que caen del cielo: la nieve y la Ópera.

En este invierno, han caído cuatro nevadas importantes en Nueva York, dos de ellas de medio metro largo. Me ha encantado. La primera fue en Navidades y despertó, con algo de escozor, un poco de ese gringísimo espíritu navideño. Tuve la suerte de tener que darme un paseo desde una estación de metro lejana hasta mi casa, que duró unos 20 minutos, los cuales precisamente coincidieron con el momento más intenso de la nevada. Pude darme cuenta de lo que es estar a la intemperie, valorando el hecho de tener casa pero a la vez viendo que somos más duros de lo que parece. Al principio estaba asustado, las botas se me hundían completamente en la nieve y la ventisca me impedía mirar por donde andaba. Pero, una vez que me coloque bien la bufanda y me puse a andar, dejando de sentir frío, empecé a disfrutar del paseo. La ruta es un poco complicada porque hay que cruzar un puente de unos 300 metros que salva un río. Desde este puente, se puede ver habitualmente el skyline de Manhattan pero, en esta ocasión, la ciudad desaparecía detrás de la tormenta de nieve. No quedaba rastro siquiera del Empire State Building. El paseo fue muy solitario ya que nadie estaba tan loco como yo como para cruzar ese puente en esas condiciones y, una vez anulada, menospreciada y humillada la ciudad por la tormenta de nieve, me centré en caminar firmemente y en oír mi respiración, cuyo vapor encerrado en la bufanda proporcionaba calor a mi cara.

Desde esa primera nevada, esperaba impaciente una previsión de tormenta de nieve. En cuanto empezaba a nevar, deseaba que cayeran metros de nieve, que todo se parara para después pasear y hacer el loco. Con la nieve todo se convierte en un juego, aunque pueda ser algo peligroso. De hecho, con la última nevada parecía que se iban a cumplir mis más altas expectativas: estuvo nevando dos días y medio seguidos. Cada vez que me asomaba a la ventana me reía estúpidamente.

La nieve cae del cielo, así como caen los tickets para la Ópera. He ido a la Ópera de Nueva York en tres ocasiones durante este invierno. Como ya podréis imaginar en ninguna de ellas tuve que pagar la entrada. Las dos primeras veces fue mi jefe quien me llevó. Fuimos a ver Carmen de Bizet y, unos días más tarde, El caballero de la rosa de Richard Strauss. Los asientos eran bastante buenos y disfruté muchísimo. Además tuve la suerte de que, al ser mi jefe miembro de un club de aficionados a la Ópera, pude cenar en un sala dentro del mismo edificio brindando con champán. La verdad que no dejé de tener en ningún momento una cierta sensación de incredulidad, veía las cosas desde fuera de mí, como un espectador de si mismo que se pregunta “qué hace este tío aquí”.

La tercera ocasión ocurrió hace unos días, cuando la nieve de la última gran nevada empezaba a derretirse. Nuestra amiga Suzanne decidió cedernos a Nana y a mi unos tickets que le había regalado su jefa (qué haríamos los plebeyos sin benefactores), ya que ella no podía ir. Los asientos eran una pasada, primera fila, así como el precio lo era también, $272 por barba. Además la Ópera prometía mucho, El barbero de Sevilla (está es donde se canta la de “Figaro, Figaro”, para aquellos que no lo sepan). Bueno, salimos encantados. De veras que impresiona el chorro de voz que tiene esta gente. Desde tan cerca, a diferencia de cuando uno esta alejado y recibe el sonido ya mezclado por la forma acústica del teatro, los cantantes parecen tener una posición concreta en el escenario que queda aún más definida con la intensidad variable de su voz. De este modo, se refuerza la parte teatral de la Ópera que normalmente parece más un espectáculo musical.

De alguna manera, el que me “oigáis” hablar últimamente sólo a través de la ayuda de una máquina, también define más nuestras posiciones en el escenario del mapa del mundo. En efecto, yo estoy aquí y vosotros allí, pero este pasado invierno han caído cosas muy bonitas del cielo. Ahora que llega la primavera y después el verano, espero que el cielo siga dejando caer sorpresas, bueno más bien que las haga aterrizar. Para finales de marzo ya se prevee un aterrizaje fraternal, ¿quién sabe lo que traerá el cielo de verano y la desocupación endémica de los españoles?

Un abrazo y hasta pronto,

El Kevin

El deber me llama

Hola amigos.

Jamás pensé que alguien como yo pudiera algún día espetar semejante bravuconada. Es más, aún con mayor escepticismo veía la posibilidad de creérmelo al decirlo. Bueno… permitidme que me explique: siento que el deber me llama para con mis amigos en su faceta de ávidos lectores de mi blog, a los cuales me debo y les debía ya un nuevo post. Pero también el hecho de que el deber me haya estado llamando (y siga haciéndolo) me ha mantenido tanto tiempo retirado de la práctica blogera.

Es difícil. Sí que lo es. Me refiero a gestionar la responsabilidad. Solía pensar que yo me lo merecía todo, sabía que había de hacer un esfuerzo para que las cosas pasaran, pero entendía  que era más un gesto simbólico que demostraba la justicia que se me hacía al concederseme tales logros, que la fuerza que hace que las cosas pasen. Pensaréis: “joder tío, pues el Kevin era un niñato”. Puede que tengais razón, pero este pensamiento, que si bien intelectualmente ya había desarrollado hace años, no ha llegado a aprehenderlo hasta hace bien poco. Aún asi, aún me falta un poco de experiencia para interiorizarlo en su totalidad. Pensaréis: “joder el Kevin, vuelve filosófico”. Pues tenéis razón, así que, tras esta confesión para con mis seres queridos, paso a la crónica de este tiempo que hemos estado desconectados.

Durante estos casi dos meses, he estado intentando buscarme la vida. He ido a diferentes entrevistas de trabajo, pero al final el curro que estoy haciendo lo medio concerté desde España. Consiste en ser el asistente de un profesor de universidad, pero no de la mia que es NYU. Este señor es Catedrático en Hofstra, en la Universidad de Long Island, y profesor también en CUNY, la universidad de la ciudad de Nueva York. Mi misión es ayudarle a corregir exámenes y redacciones, ya que enseña español a diferentes niveles, además de Literatura Española, de la que es especialista. Es un hombre amable que necesita especial ayuda debido a distintas enfermedades que ha sufrido que le hacen encontrarse más escaso de fuerzas. Me siento muy honrado ayudándole, aprendiendo mucho en su compañía y, porqué no decirlo, ganando dinero, no mucho pero me vale de momento.

Sigo investigando para mi tesina, a la cual llaman ya “La interminable” (imagino que habrá chorroscientos de estudiantes que hayan llegado a pensar lo mismo). Para ser sincero, me aburre ya un poquito, tengo unas ganas terribles de acabar. Creo que esta experiencia, tras muchos años, me ha quitado las ganas, por otros tantos, de hacerme el listo. Ansío la sencillez en la vida, amigos. Deseo seguir aprendiendo, pero de otra manera, a otro ritmo y sin objetivo tan claro como es el del reconocimiento académico. Pienso con cariño en nuestras tertulias, viajes, salidas por las noches, en muchas ocasiones intrascendentes, si las analizas puntillosamente, pero que a larga han sido tan constructivas de lo mejor de mí mismo.

Estoy familiarizándome mucho con mi barrio. Me gusta muchísimo y antes de que esta experiencia acabe quiero dedicarle un post en este blog. Lo malo quizás es que es en verano cuando más se disfruta de él y puede que también sea el mejor momento para transmitir, a la hora de describirlo, todo el entusiasmo que se merece.

Este año me quedo en Navidades por aquí, serán las primeras lejos de casa. Es atractivo, o más bien, más vale que lo sea. Intentaré asimilar lo mejor de las fiestas en este país, aunque siempre acudiré a lo nuestro. Por suerte, tendré a tres de vosotros aquí para hacermelo más fácil. Les doy las gracias de antemano. No sé si caeré en la tentación de poner árbol de Navidad, es que aquí son naturales y nunca he tenido ninguno. Mola porque huele bien, pero me parece también una salvajada la cantidad de árboles que se tiene que cortar para que todos los gringos adornen sus casas. Ya veremos…

Bueno, amigos, prometo intentar escribir más a menudo, y también de una manera menos sentimental. Permaneceré atento a lo que pasa aquí, a mi al rededor, para traeros temas curiosos y controvertidos. Esperemos que la actualidad política -esa dimensión paralela a la realidad- ayude y encienda nuestros debates. Por supuesto, también habra fotoreportajes, para aquellos que les gustan los fotos y los rascacielos.

Un abrazo grande,

El Kevin

London blues

Hola nena, ¿cómo estás?
Well, nor good neither bad
Yo soy estudiante ¿y tú?
All my friends call me Jude
¿están ellos por aquí?
Sure they´re, are you thick?
No te quiero molestar…
Then you can guess if you are…
Reconozco que te ví…
I see you´re able to see
y no pude aguantar…
I don´t  know if I´ll stand…
el deseo de saber…
I just wonder if you heard…
si a ti te gustaría…
that I won´t longer stay here.
quedar conmigo algún día?
Maybe if you´re not drunk of beer.
Sólo he bebido dos!!
I can tell that you drank more…
Bueno si, tienes razón
and I know you´ll go on
No si me pides parar
I not even asked you to talk
Vine al verte sonreir
I was just about to sneeze
Si que hace frio aquí
to me is hot, but anyway…
Yo te dejo mi jersey
I think I´m just moving there
¿porque te tienes que ir?
my friends are waiting for me
tengo tu número ¿y tú…?
I´m afraid you gave me yours…
¿te llamo algún día, Jude?
You are not my friend, are you?
London,
11/11/09
5:30 am