Es gracioso que la primera vez que fui a bañarme a una fuente para celebrar la victoria de un equipo de fútbol no fue la del club del que soy aficionado, de cuyos triunfos fui en varias ocasiones testigo sin que nunca se me pasara por la cabeza acercarme a la conocida fuente madrileña en torno a la cual éstos se celebran, sino, y acaso quizá por ello, para celebrar la del equipo que representa a nuestro país y que, hasta hace dos años, que no es nada, tan pocas alegrías había proporcionado y al que de repente le ha dado no sólo por jugar bien, que eso los de rojo ya lo habían hecho, sino, y ya de paso, por ganar. Y no sólo gracioso, sino casi irónico, es que la fuente con cuyas no muy limpias aguas tuve el placer de empaparme no sólo no está en España, sino que se encuentra en una plaza construida para conmemorar la derrota de una armada franco-española a manos de una flota comandada por el un tanto engreído, reaccionario y, según se ve, cojo, ciego de un ojo y sin dientes almirante Nelson. Efectivamente, me refiero a Trafalgar Square. Ni gracioso ni irónico, sino propio de vivir en una ciudad como Londres, es el hecho de que los que me acompañaron aquel día fueran originarios de países tan “exoticos” como Lituania, Brasil, Bulgaria, Australia o, creedlo o no, Kazajstán. Por cierto que la emoción del australiano sobrepasaba con creces la mía, comedido como soy por naturaleza en esto de las celebraciones a no ser que el alcohol me ayude. Tendríais que haberle visto intentando cantar eso de “yo soy español, español, español…”.
Con esa pública demostración de patriotismo se ponía fina aun fenómeno enormemente curioso como lo es la copa del mundo de fútbol, un juego que, les guste o no a los que lo denostan, es mucho mas que once tipos persiguiendo un balón y que, les guste o no a los defensores de su puridad, no es “sólo” un deporte. Recuerdo haber leído algún artículo sobre las negativas repercusiones que sobre la economía irlandesa podía tener el haber quedado injustamente fuera del mundial, e incluso, sobre el posible incremento del consumo que la victoria puede suponer en la caso de España como consecuencia de un optimismo generalizado, y ya sabemos que esto de la economía cada vez parece más una cuestión de emociones que de números. Más allá del plano económico, el fútbol es casi una cuestión de Estado, considerado tan influyente para la imagen de un país que no sólo los triunfadores son recibidos por autoridades locales y nacionales, sino que esas mismas autoridades, como en la Francia de Sarkozy, han llegado a exigir una explicación ante el parlamento si la derrota ha rozado el ridículo. A través del fútbol se expresan hoy día sentimientos nacionales que a durante el siglo XIX y parte del XX se expresaban a través de patrióticas demostraciones de fuerza militar. En la biografía de Hitler escrita por Ian Kershaw encontré una fotografía que resultaría cuanto menos llamativa para nosotros: a principios del verano de 1914 una multitud exaltada, entre la cual se encontraba un joven y todavía anónimo Hitler que trataba de ganarse la vida como pintor, se había reunido en una céntrica plaza de Munich en lo que era una simbólica demostración de patriotismo alemán ante lo que se esperaba iba a ser una brillante victoria, no de once futbolistas, sino de miles de soldados en lo que luego se llamó la Gran Guerra. Pero perdieron entonces y volvieron a perder treinta años después, amargas derrotas de las desde luego bien han podido los alemanes desquitarse en el terreno de juego, donde han cosechado más victorias que ingleses, franceses y rusos juntos (a los americanos ni les cuento, obviamente). Y esta comparación entre fútbol e historia militar ni es baladí ni es una ocurrencia mía. En los días previos al partido de octavos entre Alemania en Inglaterra periódicos como The Sun excitaban el patriotismo más belicoso citando los discursos radiofónicos de Churchill durante la Batalla de Inglaterra, para, tras la humillante aunque polémica derrota, afirmar con esa facilidad que los ingleses tienen para reírse de sí mismos (sin olvidarse de los demás, claro) que “si aquellos miles hubieran defendido como estos pocos, hoy hablaríamos alemán”.
Aunque he seguido los resultados, la verdad es que he visto muy pocos partidos, fundamentalmente porque coincidían con mis horarios de trabajo y porque no tengo televisión en casa. En cualquier caso, no disfruté igual del par de partidos que vi con mi colega Patrick, quien como australiano que es prefiere el rugby, que si hubiera estado tomando unas birras con los amigos, a lo que se añade la frustración provocada por no saber traducir al inglés, al menos no con precisión, las expresiones propias del deporte (¿cómo se dice jugada o abrir a la banda?) o, sencillamente, por el hecho de que no te suenan igual (creedme que gritar “such a great pass!” o “what a goal man!” no es lo mismo que “¡qué pase!” o “¡vaya golazo niño!”). En cualquier caso, he tenido la oportunidad de disfrutar del mundial evento de forma muy distinta. Acostumbrado como estaba a seguir mundiales y eurocopas rodeado mayoritariamente de españoles, por primera vez y en gran medida debido a que mi lugar de trabajo es un mundial en miniatura, me encontré comentando los resultados de equipos como Serbia, Eslovenia o Portugal con personas que eran, de hecho, de esos países; me sonrojé ante la primera y última derrota de España tras afirmar ante una chica suiza, con una seguridad impropia de mi, que íbamos a ganar; compartí la resignación con la que el segundo chef, griego, aceptó el más que discreto papel de su equipo y comenté con algo de malicia la tremenda casualidad de que el jefe de cocina, italiano, estuviese de vacaciones en casa de sus padres en el sur de Italia, con su esposa eslovaca, el día en que, cosas de la vida, Eslovaquia sacó los colores a la campeona del mundo.
Como seguramente ha ocurrido en miles de lugares de trabajo en todo el mundo, durante el mes que duró el mundial los partidos del día o los resultados de la jornada anterior parecían estar presente en las mentes incluso de aquellos que confesaba sentir generalmente indiferencia hacia el fútbol, dando lugar a una rutina diaria de comentarios, bromas y breves manifestaciones de alegría o de decepción que, dada la variedad de nacionalidades y la inexistencia de una mayoría clara de parte de tal o cual equipo (quitando Inglaterra), parecían referirse más a triunfos o derrotas personales que a los de un equipo de fútbol a miles de kilómetros de distancia. La impresión de que de algún modo todos participábamos tácitamente en algún tipo de competición de identidades colectivas, de las que cada uno éramos casi único representante, se manifestaba en los “Yes, WE have won!!”, “YOU played very well ” o “come on man, YOU didn’t deserve to win” que se escuchaban tras cada partido. Al día siguiente de la final contra Holanda fui a trabajar sabiendo que “once tipos persiguiendo un balón” me habían otorgado, en tanto que único español, un tácito protagonismo; efectivamente, incluso aquellos con los que la primera conversación del día había girado en torno a las rutinas del curre, en algún momento y como repentinamente conscientes de MI victoria, me dirigirían, con una leve sonrisa, un “ah, by the way, congratulations”.
Cuando, hace dos años, España ganó la Eurocopa, tuve una conversación con la profesora que por entonces dirigía mi trabajo sobre Patrimonio Inmaterial sobre lo complejo de un fenómeno como el patriotismo, especialmente en el caso de un país en el que los símbolos nacionales han adquirido fuertes connotaciones políticas. Cuando Iniesta marcó el gol que prácticamente garantizaba la victoria se me escapó un grito de alegría porque, lo reconociese de manera más o menos abierta, yo quería que España ganase. Pensé con emoción en mi familia y mis amigos e incluso se me escaparon unas lagrimillas hablando por teléfono con mi hermana pequeña. Horas después, en cambio, me sentía bastante ajeno a la exhibición de banderas y cánticos por parte de los miles de españoles que viven en Londres y si me bañé en una de las fuentes de Trafalgar Square fue más por eso de contar la anécdota y por seguirle el rollo a mi colega australiano, quien me llamaba “tamed” y me decía que de ser Australia la que hubiese ganado un mundial él ya estaría subido a una cabina de teléfono. Yo, en cambio, y pese a que estaba contento y disfrutando de la escena, no sentía nada parecido a una euforia que me impulsase a proclamar mi españolidad a grito pelado y con bandera en mano, acaso porque tenía una cierta sensación de que aquella noche España se quedaba en eso, en gritos y trapos rojos y amarillos.
Quizá es porque mi idea del nacionalismo bien entendido, en cuya formación el haber estudiado historia es fundamental, es la de la conciencia de pertenecer a una comunidad creada fundamentalmente con el objetivo de hacer mejor las vidas de los que a ella pertenecen a través de los beneficios de la organización política (entendido el término en un sentido amplio), procurando siempre la colaboración y posible fusión con otras comunidades en tanto que el objetivo último debería ser el beneficio de la única y última comunidad realmente existente, todo ello sin perjuicio del sentimiento de pertenencia a un grupo dado de personas con una cultura común, llámese país, patria, pueblo o peña, que, porqué no, se puede simbolizar con una bandera. El problema es cuando uno sólo ve la bandera y no lo que ella representa, cuando uno cree que la patria, cualquier patria, es eterna e indivisible (o eternamente sometida al “malvado” dominio de una patria que además es “falsa” porque ha sido inventada por los hombres).
Siempre he considerado a Larra un buen ejemplo de patriotismo en tanto que defensor de adaptar lo bueno de los extranjeros sin caer en una sumisa adulación, aunque quizá si cayó un poco, contra su voluntad, en ese vicio tan español de “poner a parir a España” en el que, seguro, alguna vez han caído muchos de los que celebraron henchidos de orgullo la victoria en el mundial. Permítaseme, pues, que termine defendiendo la figura de un “buen patriota”, muchas veces menospreciado como un complaciente escritor costumbrista. Mesonero Romanos, como Larra, fue durante toda su vida consciente de las miserias de su país, pero en lugar de pegarse un tiro porque “escribir en Madrid es llorar” puso todo su empeño en fundar el Ateneo de Madrid y, desde su puesto en la administración local, en llevar a la capital los beneficios que él mismo había visto en otras ciudades europeas. Aunque no comparta su liberal y capitalista visión del progreso, considero que Mesonero Romanos fue un “buen patriota”, pues en lugar de llorar sobre una bandera o de liarse a empellones para colocarla en lo más alto de una fuente, se esforzó por hacer mejor la vida de sus compatriotas, se dedicó, en fin a lo que una bandera de verdad debe representar, a una comunidad.
Asín pues, que la victoria de España nos valga a todos, a mi el primero, para ser “buenos españoles”. Os quiero, muchachos y muchachas.
Bronson, Joey Bronson.
PD para el Kevin. Niño, escribí esta parrafada pensando en tu blog pero se me ha ido de las manos, se que es muy largo. Dejo pues a tu elección el publicarlo o no.
Muy rico niño. Gracias, de nuevo, por enriquecer este blog. No puedo estar más de acuerdo en tu concepción del sentido de patriotismo. De hecho, quizás por la nostalgia al estar lejos y, sin lugar, potenciada por la victoria de la Roja en el Mundial, tomé y me reafirmé en la decisión de que al volver a casa iba a desarrollar un proyecto y a trabajar para el bien de mis conciudadanos. Espero poder dedicarle el fruto de mis esfuerzos de una manera más directa a mi “comunidad”, esa pequeña patria barrional que es Vallekas, pero con ello espero contribuir a la mejoría de las dinámicas cotidianas de nuestra querida, ahora más que nunca, España.
Tras leer esta enorme y patriótica parrafada sólo hay una palabra que te describa:
Fascista
jajajajaja, tu estás bobo, jajajaja
Pues, yo también estoy de acuerdo. Desde hace tiempo tengo ideas similares en la cabeza. Irene y yo vivimos el anterior mundial fuera del hogar y lógicamente, el echar de menos el hogar te hace valorarlo mucho más en sus puntos fuertes, y odiar con ahínco los malos. Un buen patriota, y no digo que está sea la mejor actitud ante la vida, debería tratar de limar en su humilde aportación esos aspectos negativos que su comunidad tiene. Imaginemos una tribu, porque si piensas directamente en nuestro país, hay de por medio demasiados conceptos contrarrestantes: el mal patriota, protege de la novedad o de lo externo a la tribu, y eso desemboca en el fascismo. El buen patriota, es en cambio el hombre progesista, que apreciando los defectos propios o las diferencias con otras tribus, trata de mejorar la suya desde dentro. Esto es por supuesto una mentalidad de izquierdas, que por desgracia, ha sido desvinculada intencionadamente de la idea de patriotismo. Se ha puesto mucho empeño en ello. No se trata de ser mejor que los demás, se trata de ser mejor uno mismo.
No sé si que España haya ganado el mundial conllevará todos estos cambios necesarios, y menos tal y como está el patio. Pero desde luego yo no había leído u oído nunca antes cosas como esta de nuestras bocas.
Felicitaciones Joey. Nos vemos en breve en la poza con forma de hígado (Liverpool)
Yo también me bañé en la fuente de Trafalgar Square a la par que tenia sentimientos contradictorios y reflexivos. Ya sucedió durante a Europa, y en esta ocasión, se corrobora más que nunca un punto de inflexión en la aceptación de un símbolo nacional tan banal como pueda ser nuestra bandera. Me siento relajado, porque creo que todos los españoles hemos dado un paso de gigante en el desquite de connotaciones históricas negativas de nuestra bandera. Gracias Joey por tu magistral artículo. Gracias Carlos y compañía por vuestras interesantes apostillas. Nos veremos fuera de la patria. Un abrazo
Gracias muchachos por vuestros comentarios, ciertamente en breve podremos hablar largo y tendido, y por fin en persona, de estas cosas. En cuanto a ti, Jorgen, tu agudeza en entrever el marcado caracter fascista del articulo no te libra de ser un gafudo mas…porque se que, aunque lo niegas, eres un gafudo…Un abrazo locos.
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