Extraño extrañando

Hola amigos!

Han pasado dos o tres meses desde mi última entrega. Las razones son dos: la falta de tiempo y, a la vez, no haber hecho la digestion de los hechos necesaria para poder narrarlos. Sin embargo, aunque ya haya sido capaz de incluirlos en una narración más o menos conclusa, las memorias de esas vivencias son fogonazos visuales inseparablemente vinculados a una impresión etiquetada más una batería de opiniones. Intuyo que éste es un funcionamiento normal de la memoria que sirve para construir nuestras líneas vitales, no obstante, cuando uno está o siente estar inmerso en lo exótico-quizás sólo sea una de las etiquetas mencionadas-, este proceso se revela imprescindible, marcando de alguna manera el bienestar, la adaptación o comodidad de uno en un ambiente extraño.

Enumeraré mis recuerdos:

Una noche fui a un bar quasi-clandestino a ver performances y conciertos. El bar regentado por la tropa artística, sin un encargado destacable, ofrecía espectáculos fuera de lo común. Tuvimos la suerte de ver a una bellísima chica japonesa con el cuerpo pintado desarrollando una actuación en la que buscaba evocar lo fortuito y lo involuntario en los lazos personales. Esos lazos eran representados con cadenas y esposas que la chica anclaba a las muñecas de algunos asistentes. Mientras disfrutaba del espectáculo, una amiga dirigió mi atención a otro cuerpo desnudo. Se trataba de un señor de unos 60 años en pelotas y con deportivas. Por supuesto, necesité una explicación. Se trataba de un señor, bien conocido en esos ambientes, que tiene la costumbre de desnudarse cuando llega a los bares. Su cuerpo de por sí no era muy agraciado y se le sumaba el hecho de que tenía un cojón hiperinflamado que le engullía hasta el pene. Dantesco. Este señor se sentaba directamente en sus posaderas sobre el banco corrido que todos los asistentes compartíamos. Nadie parecía molesto/a  o avergonzado/a. De hecho este señor contribuyo al final del show de la japonesa, sin aparente planificación previa, liberando las esposas de todos los que habían sido enlazados. He de decir que también se ocupo de la barra por momentos y que quizás escondiendo la parte baja, y a sabiendas desnuda, de su cuerpo detrás de la barra, el rubor alcanzaba su expresión máxima en mi. Ah! la música fue muy tripi aunque interesante.

Otra memoria es la graduación de Nana. Fue en Radio City Hall, un enclave de lujo, la verdad. El atuendo que han de vestir los estudiantes graduados para este evento es hiriente, todo sea dicho. De cualquier manera el día fue bonito, soleado y bien acompañado, todo bajo una esfera de amor, satisfacción y éxito ciertamente contagiosa. Quizás sólo los europeos presentes mostraron desde el inico un poco de escepticismo, al que también podríamos llamar exotismo.La ceremonia fue magna en su propuesta estructural: miles de alumnos recibiendo honoros por parte de la Decano y todo el profesorado de la facultad de Nana en el escenario que han actuado tantos grandes y tan habitualmente. Nombremos a Leonard Cohen, Bob Dylan, Tom Jones, etc… Todo ello con miles de familiares ansiosos y emocionados. Pinta bien. El problema empieza cuando dan discursos y cuando eligen a una banda de futuros triunfitos- para qué un coro bien entrenado como harían esos europeos vejestorios- para entretener cada 20 minutos con versiones acarameladas y con episodios de estrellazgo trascendental, eso creen, de clásicos de la música popular americana, que para nuestro mayor deleite fueron reproducidos momentáneamente en formato popurri. La fiesta posterior fue cojonuda, mucho más íntima porque la redujimos al grupo de amigos y acompañantes y, por supuesto, los españoles más los dos hijos de un leñador de Michigan fuimos los últimos en retirarnos de una celebración que acabo en Brooklyn.

La memoria más cercana ocurrió solo hace unos días. Fuimos a otro concierto de un grupo, con varios integrantes daneses, de rock electrónico. Muy guapa la música, la particularidad del asunto consistía en que, justo delante del escenario, se desarrollaba otra de esas performances, en este caso consistente en un cinturón de personas haciendo aeróbic bajo las instrucciones de un guapo y engreído monitor- no lo digo por celos, es que se quitó la camiseta-. Previamente habíamos ido a cenar con unas amigas y en algún momento discutimos, un poco acalarodamente, sobre tanto las costumbres higiénicas como culinarias americanas, en general, y neoyorquinas, en particular. Mi postura, sobra decirlo, era un tanto negativa, y no sólo por el snobismo europeo y español en cuanto a temas higiénico-gastronómicos, sino porque estaba un poco quemado con América por el cúmulo de acontecimientos que se habían dado la semana previa: el exterminador me anunció que todos nuestros vecinos tenían ratones, remarcando como posible causa su desapego por el orden y el jabón, y que podía ser que nosotros nos vieramos afectados- oh! cielos-; cuatro días, después de llevar 22 seguidos trabajando del tirón, tuve un conflicto laboral que resulto en mi primer despido de un trabajo, en el que encima no me pagaban. Por lo tanto, mientras “disfrutaba” del concierto, mis impresiones en conjunción con el estado de mi alma, eran una marmita. Tenía, como dicen aquí, sentimientos cruzados (mixed feelings). Aunque la música me gustaba y aunque encontraba cierta belleza en la marea de piernas en movimiento producto de una grupal bicicleta en decúbito supino, el resultante olor a pies, aún denso, era esclarecedor, evocaba una cierta incomodidad.

Sí, amigos, la nostalgia es una hiena, es carroñera, se ceba con lo débil, lo decadente. Se alimenta de la miseria para crecer y así rendir tributo a su ídolo controlador: el hogar. Por fortuna, la nostalgia siempre tiene que batirse, o sopesarse, con el exotismo, con esa fascinación por lo ajeno, o más bien por la distancia que sentimos con nosotros mismos porque, aunque aprendamos superficialmente sobre “el otro”, le utilizamos como un espejo que nos retrata. Es sólo nuestra decisión decidir si esa imagen especular es fiel a lo que eramos o si, de alguna manera, ya incorpora algo desconocido e incómodo, ya hemos cambiado. He aquí la grandeza de la polisemia de la palabra extrañar, que si bien puede indicar echar en falta algo conocido, a la vez ilustra la acción de no reconocer el presente, en el cual, al tratarse de nuestra experiencia, inevitablemente también está el pasado.

De aquí a unos meses tendremos que tomar una decisión: o quedarnos aquí o volver a España. Debo reconocer con igual dósis de alegría que de pesar que, de todas las posibles maneras, os extraño.

Siempre vuestro,

El Kevin

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3 Respuestas a Extraño extrañando

  1. Efectivamente. Tendrás a posteriori ocasión de nostalgiar lo extraño y no lo hogareño. En ese momento es cuando verdaderamente no sabes lo que eres. Ya serás otra cosa, ni una, ni otra y tampoco las dos a la vez (aunque esto último se debe a la carencia humana del don de la ubicuidad, gran putada donde las haya).

    O sea que, you are fired!!!!! Ya me contarás qué ha pasado y si te digeron eso.

    Un abrazo bro

  2. Hay que joderse con la puta manía que tienen los navegadores de poner mal lo que escribo. Pues no me pone dijeron con g… Si es que no sé donde vamos a acabar con este mundo de máquinas listillas.

  3. La verdad es que es difícil analizar las situaciones y concretar, para luego dar como válidos, los puntos de vista cuando uno está en un ambiente extraño.

    Ya te contaré lo del curro, el otro día no te lo conté porque no teníamos tiempo.

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